¡EBITDA no es ganancia real! Por qué muchos empresarios celebran números que no reflejan la realidad del negocio

Tiempo de lectura: 15 min

Este artículo espera despertar una reflexión crítica sobre cómo los empresarios están midiendo y comunicando el éxito de sus negocios, específicamente cuestionando la dependencia creciente de métricas financieras que, aunque técnicamente correctas, pueden crear una desconexión peligrosa entre la percepción de rentabilidad y la realidad económica subyacente. No se trata de condenar el uso de  herramientas analíticas sofisticadas, sino de examinar cómo la adopción acrítica de ciertas métricas puede llevar a decisiones  empresariales subóptimas y, en última instancia, a la destrucción de valor para todos los stakeholders involucrados.

El mundo empresarial contemporáneo ha desarrollado una obsesión peligrosa con una métrica que, aunque útil para ciertos análisis comparativos y evaluaciones sectoriales, se ha convertido en la excusa perfecta para maquillar la realidad financiera de miles de negocios.
Esta métrica permite a los empresarios presentar números que suenan impresionantes en las reuniones de directorio, que convencen a potenciales inversionistas y que justifican decisiones estratégicas importantes, pero que al final del día no representan la capacidad real del negocio para generar riqueza sostenible para sus propietarios.

Los empresarios presentan números que suenan impresionantes en las reuniones de directorio, que convencen a potenciales inversionistas y que justifican decisiones estratégicas importantes, pero que al final del día no representan la capacidad real del negocio para generar riqueza sostenible.

La trampa es sutil pero devastadora: al eliminar ciertos gastos del cálculo, esta métrica crea una ilusión de rentabilidad que puede persistir durante años, mientras que por debajo la empresa consume capital, acumula deudas operativas y posterga inversiones críticas para
su supervivencia a largo plazo. Es como medir la velocidad de un carro ignorando que se está quedando sin gasolina, que los frenos están fallando y que el motor necesita reparación urgente. Esta analogía, aunque simple, captura la esencia de un problema sistémico que trasciende industrias y geografías, la preferencia por métricas que confirman lo que queremos creer sobre nuestros negocios, en lugar de métricas que nos confrontan con realidades incómodas pero necesarias para la supervivencia a largo plazo.

El contexto histórico de esta problemática es particularmente relevante. La popularización de métricas ajustadas surgió inicialmente en sectores de alta intensidad de capital, donde los analistas financieros necesitaban herramientas para comparar empresas con estructuras
de depreciación muy diferentes. La intención era legítima: crear una base común de comparación que permitiera evaluar la eficiencia operativa independientemente de las decisiones de financiación y las políticas contables. Sin embargo, lo que comenzó como una
herramienta analítica especializada se ha convertido en el estándar de facto para medir el éxito empresarial, incluso en contextos donde su aplicación carece de sentido económico. 

Tabla de contenidos

La seducción de los números bonitos

Los empresarios, especialmente aquellos que manejan negocios con alta intensidad de capital o sectores con ciclos de depreciación significativos, encuentran en esta métrica un refugio psicológico que les permite mantener una narrativa optimista sobre sus operaciones.
Es comprensible cuando tu estado de resultados muestra pérdidas netas trimestre tras trimestre, pero esta métrica alternativa sugiere que «operacionalmente» el negocio está funcionando bien, la tentación de usar este número como indicador principal de éxito es casi irresistible. Esta dinámica refleja un sesgo cognitivo más amplio en la toma de decisiones empresariales, la tendencia a buscar información que confirme nuestras creencias previas mientras ignoramos señales que sugieren la necesidad de cambios fundamentales.

El fenómeno se ha institucionalizado de tal manera que muchos empresarios ya ni siquiera cuestionan la lógica subyacente. Han crecido en un ecosistema empresarial donde estas métricas ajustadas son la norma, donde los consultores las recomiendan, donde los bancos las solicitan, y donde los inversionistas las esperan. Esta normalización social del uso de métricas distorsionadas crea un entorno donde el pensamiento crítico sobre la medición del desempeño se vuelve cada vez más escaso, y donde la presión de grupo refuerza comportamientos financieramente irresponsables.

El problema fundamental radica en que esta métrica elimina precisamente aquellos elementos que representan la realidad económica más cruda del negocio: el costo real de mantener y renovar los activos productivos, el precio de financiar las operaciones, y la inevitable participación del Estado en las utilidades. Al hacer esto, crea un espacio artificial donde los empresarios pueden operar bajo la ilusión de que están generando valor, cuando en realidad están consumiendo el capital que otros invirtieron en el negocio.

Esta distorsión se vuelve especialmente peligrosa cuando los empresarios comienzan a tomar decisiones basándose en estos números inflados. Distribuyen dividendos que el negocio no puede sostener, aprueban inversiones en expansión cuando deberían estar consolidando, o peor aún, se resisten a hacer los ajustes operativos necesarios porque los números «alternativos» sugieren que todo está bien.

La arquitectura del autoengaño financiero

Cuando los empresarios eliminan la depreciación de sus cálculos de rentabilidad, están esencialmente ignorando una realidad física ineludible: todo activo productivo se deteriora con el uso y el tiempo. Las máquinas se desgastan, los edificios requieren mantenimiento,
la tecnología se vuelve obsoleta, los vehículos pierden eficiencia. Esta no es una abstracción contable diseñada para reducir impuestos; es el reconocimiento de que mantener la capacidad productiva del negocio requiere inversión continua. La negación de esta realidad no la elimina; simplemente la pospone hasta que se manifiesta como una crisis operativa o una pérdida súbita de competitividad.

El argumento típico es que «la depreciación contable no refleja la realidad», y en muchos casos esto es cierto. Sin embargo, la solución no es ignorar completamente este costo, sino reconocer que la depreciación real probablemente sea diferente a la contable, y frecuentemente mayor. Un empresario responsable debería estar reservando recursos no solo para la depreciación contable, sino para el costo real de mantener su activo productivo en condiciones óptimas. Esta reserva debería considerar no solo el desgaste físico, sino
también la obsolescencia tecnológica, los cambios regulatorios, y las evoluciones en las expectativas del mercado.

La complejidad se multiplica cuando consideramos que la depreciación real varía significativamente según el contexto competitivo. En industrias de rápida evolución tecnológica, los activos pueden volverse obsoletos mucho antes de que se deprecien completamente en términos contables. En sectores más estables, la depreciación física puede ser el factor dominante, pero aún así puede diferir  significativamente de las tasas contables estándar. Ignorar estas realidades específicas del sector y del negocio individual lleva a una subestimación sistemática de los costos reales de operación.

De manera similar, cuando se eliminan los intereses financieros del análisis de rentabilidad, se está creando una ficción donde el capital no tiene costo. Esta perspectiva ignora que cada peso que la empresa debe a terceros representa un compromiso real de flujo de caja
futuro, y que la capacidad del negocio para servir estas deudas es fundamental para su supervivencia. Un negocio que genera flujo positivo antes de intereses pero negativo después de intereses no es un negocio rentable con «algunos temas financieros»; es un negocio que está transfiriendo valor de los accionistas a los acreedores, y potencialmente camino hacia la insolvencia.

Esta eliminación de los costos financieros del análisis de rentabilidad operativa refleja una comprensión fundamentalmente errónea de cómo funcionan los negocios en la economía real. El capital no es gratis, y las decisiones de financiación no son independientes de las
decisiones operativas. La estructura de capital de una empresa afecta su capacidad para tomar riesgos, su flexibilidad estratégica, y su capacidad de respuesta ante oportunidades y amenazas. Un análisis de rentabilidad que ignore estos efectos no solo es incompleto; es
engañoso.

La exclusión de impuestos de la métrica de rentabilidad operativa crea otra distorsión significativa que merece análisis detallado. Los impuestos no son un gasto opcional o una ineficiencia del negocio; son una participación legítima del Estado en los resultados de la
actividad económica, y representan el precio que las empresas pagan por operar dentro del marco legal e institucional que hace posible su existencia. Un empresario que mide su éxito ignorando los impuestos está midiendo una rentabilidad que no puede materializar
legalmente, y está fundamentalmente malinterpretando la naturaleza del contrato social que permite la actividad empresarial.

Más profundamente, la exclusión de impuestos del análisis de rentabilidad revela una mentalidad donde los empresarios se ven a sí mismos como operando fuera del marco institucional más amplio, como si sus negocios existieran en un vacío donde no hay obligaciones sociales o responsabilidades ciudadanas. Esta perspectiva no solo es éticamente cuestionable; es estratégicamente miope, ya que ignora los riesgos regulatorios y reputacionales que pueden surgir de una actitud antagonista hacia las obligaciones fiscales.

El autoengaño sistemático y sus consecuencias

La adopción generalizada de esta métrica ha creado un ecosistema de autoengaño que trasciende a los empresarios individuales. Los bancos la usan para evaluar la capacidad de pago de sus clientes, creando un incentivo perverso donde las empresas optimizan para
una métrica que no refleja su capacidad real de generar caja. Los inversionistas la utilizan para comparar empresas, lo que lleva a decisiones de asignación de capital basadas en información fundamentalmente distorsionada.

Esta distorsión se amplifica cuando los empresarios comienzan a comunicar sus resultados usando exclusivamente esta métrica. Los equipos gerenciales internos, los miembros de junta directiva, e incluso los empleados clave, desarrollan una comprensión sesgada del
desempeño real del negocio. Se celebran «buenos resultados» que no se traducen en mejor flujo de caja, se aprueban bonificaciones basadas en números que no reflejan valor creado, y se establece una cultura organizacional donde la realidad financiera se vuelve secundaria a la narrativa construida alrededor de métricas alternativas.

Las consecuencias de este autoengaño se manifiestan de manera insidiosa. Los negocios van acumulando pequeños déficits de capital de trabajo, postergan inversiones en mantenimiento, refinancian deudas en lugar de pagarlas, y gradualmente van perdiendo  competitividad operativa. Cuando finalmente la realidad se impone, generalmente a través de una crisis de liquidez o una oportunidad de inversión que no pueden materializar, el empresario se encuentra con que años de «rentabilidad» no se tradujeron en fortaleza financiera real.

La métrica como herramienta de manipulación

En contextos donde los empresarios necesitan presentar sus negocios a terceros, ya sean potenciales inversionistas, compradores, o socios estratégicos, la flexibilidad interpretativa de esta métrica se convierte en una herramienta poderosa para construir narrativas favorables. Al poder «ajustar» ciertos gastos y presentar números más atractivos, los empresarios pueden inflar artificialmente el atractivo de sus operaciones.

Esta manipulación no es necesariamente intencional o maliciosa. Muchas veces surge de una combinación de autoengaño y presión externa por mostrar resultados. Sin embargo, el resultado es el mismo: decisiones de inversión y asociación basadas en información que no refleja la realidad económica del negocio. Cuando los nuevos inversionistas o socios descubren la discrepancia entre los números presentados y la capacidad real de generación de valor, las relaciones se deterioran y las oportunidades de crecimiento se evaporan.

El problema se agrava cuando esta práctica se normaliza dentro de sectores económicos específicos. Cuando todos los competidores presentan sus resultados usando métricas infladas, se crea una carrera hacia arriba donde cada empresario siente la presión de manipular sus números para mantenerse competitivo en la narrativa, aunque esto signifique alejarse cada vez más de la realidad operativa.

La búsqueda de métricas más honestas

La alternativa no es rechazar por completo el análisis financiero sofisticado, sino adoptar métricas que reflejen más honestamente la capacidad del negocio para crear valor sostenible. El flujo de caja operativo, aunque más volátil y menos «limpio» que las métricas ajustadas, proporciona una imagen más clara de cuánto dinero el negocio realmente genera para sus propietarios después de cubrir todas sus obligaciones reales.

Una métrica particularmente útil es el flujo de caja libre, que considera no solo los ingresos y gastos operativos, sino también las inversiones necesarias para mantener y hacer crecer la capacidad productiva del negocio. Esta métrica obliga a los empresarios a reconocer que el
crecimiento sostenible requiere inversión continua, y que la rentabilidad real debe medirse después de asegurar la viabilidad futura del negocio.

Otra perspectiva valiosa es el análisis del retorno sobre el capital invertido calculado usando flujos de caja reales en lugar de utilidades contables ajustadas. Esta métrica compara la capacidad del negocio para generar caja con el capital total que los inversionistas han
comprometido, proporcionando una medida más honesta de si el negocio está creando o destruyendo valor para sus propietarios.

La disciplina financiera como ventaja competitiva

Los empresarios que desarrollan la disciplina para medir y comunicar sus resultados usando métricas que reflejen la realidad económica de sus negocios crean una ventaja competitiva significativa. Primero, toman mejores decisiones porque basan sus análisis en información
más precisa. Segundo, construyen relaciones más sólidas con inversionistas, bancos y socios porque su comunicación es más transparente y confiable. Tercero, desarrollan operaciones más eficientes porque están optimizando para la creación real de valor en lugar de para la manipulación de métricas.

Esta disciplina requiere coraje intelectual. Es más cómodo operar bajo la ilusión de que el negocio está funcionando mejor de lo que realmente está, especialmente cuando esa ilusión es validada por terceros que también prefieren los números bonitos. Sin embargo, los
empresarios que están dispuestos a enfrentar la realidad financiera de sus operaciones están mejor posicionados para construir negocios verdaderamente prósperos y sostenibles.

La transición hacia métricas más honestas no significa que los negocios deban volverse conservadores o pesimistas en sus análisis. Significa que deben ser realistas sobre su capacidad de generación de valor, honestos sobre sus desafíos operativos, y disciplinados en su asignación de capital. Estas características, lejos de limitar el crecimiento, lo facilitan al asegurar que cada decisión de inversión esté basada en una comprensión clara de los costos y beneficios reales.

La obsesión con métricas financieras que ignoran costos reales ha creado una generación de empresarios que celebran números que no reflejan la capacidad real de sus negocios para crear valor sostenible. Esta distorsión no solo afecta las decisiones internas de las empresas, sino que contamina todo el ecosistema de inversión y financiación, llevando a una asignación ineficiente del capital disponible en la economía.

El cambio hacia métricas más honestas requiere que los empresarios desarrollen la disciplina intelectual para enfrentar realidades financieras que pueden ser menos halagadoras, pero que proporcionan una base más sólida para la toma de decisiones estratégicas. Solo cuando los empresarios midan y comuniquen sus resultados basándose en la capacidad real de sus negocios para generar flujo de caja sostenible, podrán construir operaciones verdaderamente prósperas y duraderas.

¿Cómo mides realmente la rentabilidad de tu negocio? ¿Qué métricas te han ayudado a tomar mejores decisiones financieras? Comparte tu experiencia en los comentarios.

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